
¿Os ha pasado alguna vez con un disco? Ya sabéis, eso de que se acelere el pulso, se entrecorte la respiración, hasta suba el rubor a la cara de pura intensidad... A mí me pasa con cierta frecuencia cuando voy al teatro, pero no suelo tener sensaciones tan fuertes con la música grabada. Hace poco me ocurrió, y para mi sorpresa con una ópera que está entre mis favoritas y que además siempre me pareció el colmo de la intensidad en sí misma. Nunca pensé que se pudieran llevar aún más allá la sensualidad exacerbada, la embriaguez y el delirio que emanan de Salomé, de Richard Strauss, y sin embargo se puede. Lo hizo Herbert Von Karajan al frente de la Filarmónica de Viena. Y el resultado es de los que, una vez escuchado, marca para siempre.

Estaba yo escuchando Radio Clásica por casualidad, y dedicaban un programa a la gran Hildegard Behrens, soprano alemana que como sabéis falleció hace poco. Uno de los hitos de su carrera fue precisamente su interpretación de Salomé bajo la dirección de Karajan en el Festival de Salzburgo de 1977, así que comenzaron a sonar los principales fragmentos que canta la protagonista en la versión que ambos grabaron para EMI un año después. Yo no daba crédito a mis oídos. Adoro Salomé. Me fascina, más de una vez os lo he dicho, pero no me pasa como con otras óperas, de las que colecciono versiones. Desde que la descubrí quedé atrapada por el DVD que me la acercó (la hipnótica y decadente película de Götz Friedrich con la bellísima Teresa Stratas como protagonista y Karl Böhm a la batuta) y la versión de Erich Leinsdorf con una inconmensurable, inalcanzable, ultraterrena Montserrat Caballé en el papel de la princesa. Con esas dos versiones me bastaba y me sobraba... hasta la tarde de la que os hablo.
Salomé es la ópera sensual por excelencia... todo en su música es embriagador, aturde y subyuga como la propia obra de Wilde, no existe el aire puro salvo quizá cuando un violin de cristalina dulzura sobresale entre la amalgama turbulenta de sonidos perfumados para acompañar al Bautista. Todo es exceso, pasión, muerte, deseo, todo lo bañan los plateados rayos de esa luna cargada de malos presagios... La batuta magistral de Karajan ha sabido llevar toda esta tensión, toda esta fuerza, esta exuberancia sensorial, al límite de lo explicable con palabras. La música de Strauss cobra en sus manos una magnitud que sobrecogería si no emborrachara, que nos cortaría el aliento de admiración si no lo hiciera antes de placer. Un placer que sobrepasa el sentido del oído y se extiende a todos los demás, porque esta música deslumbra, sus aromas saturan, su voluptuosidad acaricia, y por supuesto se paladea el sabor amargo de la sangre... del amor.
Una versión, en suma, que si como yo no conocíais, no podéis dejar de escuchar, o mejor dicho de vivir, porque es toda una experiencia... y de alto voltaje. Os dejo con ese final de finales, uno de los más hermosos y sobrecogedores de la historia de la Ópera. Sirva también como homenaje a Frau Behrens y agradecimiento a un maestro, Karajan, que sin ser santo de mi devoción se ha ganado, a partir de ahora, un lugar en mi Olimpo particular. Porque el misterio del amor es más grande que el misterio de la muerte...
Vídeo de operalover9001





